(editorial Calambur, Madrid, 2013)

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Los seres intocables

Los seres intocables”, que buscó su título entre las páginas de La barbarie de la ignorancia de G. Steiner, está dedicado a Miguel Morata, el librero de la Primado, pulmón de resistencias en la ciudad de Valencia. El poema aparece por primera vez recogido al final de un artículo de María Ángeles Maeso (“Una literatura para la crisis”), en el número 13 de «Youkali», revista crítica de las artes y del pensamiento (Tierradenadie ediciones, Madrid, julio de 2012).
 
LOS SERES INTOCABLES


Jorge Semprún leía a Paul Valèry en el campo de concentración de
       Buchenwald

       (y era en las letrinas
       donde él y sus compañeros recitaban
       también a Heine, juntos a coro,
       cuando en los domingos santos de las letrinas
       los hombres eran siempre menos vigilados)


En el mayor campo de concentración para mujeres en territorio
       alemán, Vlasta Kladivova recopilaba poemas y poemas

       (que su amiga Vera ilustraba,
       antes de guardarlos bajo su litera,
       con tinta de colores sustraída
       de los barracones de los oficiales)


En el campo Uno de Gusen, entre descanso y descanso, el poeta
       Jean Cayrol escribía su Canto a la esperanza sobre una tabla
       de madera a modo de mesa

       (lázaro
       recuperado a la vida
       por la acción de Johann Gruber, aquel sacerdote
       con identificación 43.050
       que sería después torturado,
       durante tres días seguidos,
       antes de morir en manos de las SS)


Primo Levi recitaba el Canto de Ulises según Dante, acompañando
       a su amigo en la fila de sopa

       (y Jean Samuel
       se preguntaba por qué en el Lager de Auschwitz
       había irrumpido
       –precisamente–
       aquel pasaje del Inferno)


Jozef Czapski impartía conferencias sobre Proust en los refectorios
       del campo de prisioneros de Griazowietz

       (esas horas felices
       que, según él,
       aliviaban la herida colectiva
       tras la matanza en el bosque de Katýn)


En los diversos kommandos asociados al campo de Mauthausen, el
       catalán Joaquim Amat escribía sus poemas en papel de sacos
       de cemento

       (él los escondía,
       durante largas temporadas,
       en los almacenes
       y también bajo sus ropas) 


Tatiana Gnedich repasaba de cabeza, en la oscuridad del presidio,
       aquellos miles de versos de Byron, que ella se sabía de memoria

       (su carcelero quedó conmovido
       tras escucharla recitar esos poemas vertidos al ruso,
       y retrasó en dos años su traslado
       a un gulag de Siberia,
       donde habría de pasar 124 meses
       perfeccionando aún más,
       y siempre de cabeza,
       su traducción del Don Juan,
       texto que dictaría –una vez libre–
       después de haberse quedado
       literalmente ciega).


Tengámoslo presente (nosotros,
que aún no escribimos en un campo de concentración):

En las letrinas
En las literas
En las mesas de tabla
En las paradas de sopa
En los comedores
En los sacos sustraídos de los almacenes
En la garita desde donde te aguarda
                        la impaciencia de los vigilantes:

seres intocables, palabras y versos.